"Mi hijo no para quieto." "No se concentra en clase." "El cole nos ha dicho que valoremos si tiene TDAH."

El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es una de las consultas más frecuentes en familias con niños en edad escolar. También es uno de los temas más debatidos: hay familias que sienten que su hijo no recibe la ayuda que necesita, otras que temen una etiqueta precipitada, profesionales que avisan de sobrediagnóstico y otros que avisan de lo contrario. En este artículo te explicamos qué es el TDAH, cómo se diagnostica, qué abordajes existen hoy y qué puede hacer una familia para acompañar bien el proceso, sin caer en la alarma ni en el "ya se le pasará".

Qué es el TDAH y qué no es
El TDAH es un trastorno del neurodesarrollo que afecta a la atención, la regulación de la actividad motora y el control de los impulsos. No es un problema de educación, ni de falta de esfuerzo, ni de inteligencia. Tampoco es lo mismo que ser un niño movido o despistado.
Suele presentarse en tres formas:

Predominio inatento: cuesta sostener la atención, se pierde en las tareas, parece "estar en las nubes". Es más frecuente en niñas y muchas veces pasa desapercibido durante años.
Predominio hiperactivo-impulsivo: dificultad para estarse quieto, hablar por turnos, esperar, controlar reacciones.
Combinado: el más habitual, con síntomas de los dos perfiles.

En España, las estimaciones de prevalencia oscilan entre el 5% y el 7% de la población infantil, según las guías clínicas y los estudios epidemiológicos más recientes. Es decir, en un aula de 25 niños, podría haber uno o dos con criterios diagnósticos. La cifra coincide con la media europea.
Por qué hay tanto debate sobre el sobrediagnóstico
Aquí toca hablar claro. En los últimos años ha crecido tanto el diagnóstico como la prescripción de psicoestimulantes, especialmente entre niños de 8 a 12 años. Diferentes profesionales del ámbito clínico y académico han alertado de que parte de este aumento podría responder a un sobrediagnóstico, sobre todo cuando se diagnostica solo a partir de un informe escolar sin una evaluación clínica completa.
Esto no significa que el TDAH no exista o que no haya niños que lo padezcan de verdad. Significa dos cosas: que ser un niño movido no equivale a tener TDAH, y que un buen diagnóstico necesita tiempo, varios profesionales y observación en más de un entorno.
Cómo se diagnostica bien
Un diagnóstico riguroso de TDAH cumple, al menos, estas condiciones:

Los síntomas aparecen antes de los 12 años.
Están presentes en al menos dos entornos distintos (casa y colegio, por ejemplo).
Interfieren de forma clara en la vida diaria, los aprendizajes o las relaciones.
Se han descartado otras causas: dificultades de sueño, problemas de visión o audición, ansiedad, dificultades específicas de aprendizaje, situaciones familiares difíciles, alta capacidad mal acompañada o, simplemente, una etapa evolutiva normal.

El diagnóstico lo realiza un profesional sanitario, normalmente psiquiatra infanto-juvenil, neuropediatra o psicólogo sanitario con experiencia. El pediatra suele ser la puerta de entrada y el coordinador del proceso. La evaluación combina entrevista clínica, cuestionarios a familia y escuela, observación y, en ocasiones, pruebas neuropsicológicas.
Recibir un diagnóstico no es una sentencia. Es una hipótesis de trabajo que orienta el plan de apoyo.

El abordaje hoy: por qué se llama "multimodal"
Las guías clínicas internacionales y españolas coinciden en que el mejor abordaje del TDAH es multimodal: combinar varias estrategias adaptadas a la edad, la gravedad y el contexto del niño. Estas son las cuatro patas habituales.
1. Intervención psicoeducativa con la familia. Conocer qué es el TDAH, cómo afecta y cómo acompañar es la base. Familias formadas y con herramientas concretas son uno de los predictores más fuertes de buena evolución. Esto incluye trabajar rutinas, anticipación, refuerzo positivo, manejo de límites y regulación emocional.
2. Terapia psicológica conductual y cognitivo-conductual. Es la intervención psicológica con más evidencia. Ayuda al niño a entender qué le pasa, mejorar el autocontrol, organizarse y manejar la frustración. En adolescentes se trabajan también estrategias de planificación, autoestima y habilidades sociales.
3. Apoyos en el entorno escolar. Adaptaciones metodológicas, ubicación en el aula, fragmentación de tareas, instrucciones claras, tiempos extra cuando son necesarios, y una buena comunicación familia-escuela. Aquí entran también la orientación educativa y, en muchos casos, la pedagogía terapéutica.
4. Tratamiento farmacológico cuando está indicado. Los psicoestimulantes (metilfenidato y lisdexanfetamina) y los no estimulantes (atomoxetina, guanfacina) cuentan con amplia evidencia de eficacia en niños a partir de cierta edad y en casos moderados o graves. La indicación, la dosis y el seguimiento siempre los hace el médico. En preescolares, las guías recomiendan empezar por intervención conductual antes que por medicación. En escolares y adolescentes, lo habitual es combinar fármaco y abordaje conductual cuando el impacto funcional es significativo.
A esto se suman avances recientes: programas digitales validados clínicamente, dispositivos de estimulación trigeminal externa autorizados en algunos países, e intervenciones de regulación sensorial desde terapia ocupacional, especialmente útiles cuando hay un perfil sensorial alterado asociado.

Qué pueden hacer las familias desde ya
Sin esperar a tener un diagnóstico, hay cosas que ayudan a casi cualquier niño con dificultades de atención o regulación:

Sueño suficiente y rutinas predecibles.
Actividad física diaria.
Pantallas moderadas, sobre todo antes de dormir.
Tareas breves, con descansos y refuerzo positivo claro.
Reducir gritos y aumentar instrucciones cortas y concretas.
Buscar una comunicación tranquila con el colegio.
Y, sobre todo, no leer el comportamiento del niño como un acto de mala voluntad.

Si las dificultades persisten, afectan al día a día y aparecen en varios entornos, conviene consultar.
Cuándo y a quién acudir
El primer paso suele ser el pediatra. A partir de ahí, el equipo puede incluir psicología clínica o sanitaria, psiquiatría o neuropediatría, terapia ocupacional (especialmente si hay regulación sensorial implicada), logopedia (si hay dificultades de lenguaje o aprendizaje asociadas) y apoyo pedagógico.
En Teratuti puedes encontrar profesionales verificados de psicología infantil, terapia ocupacional, logopedia y pedagogía, en modalidad presencial, online o a domicilio, para acompañar el proceso desde el primer momento, sin esperas y con criterio.
El TDAH bien diagnosticado y bien acompañado no define a un niño. Lo que define a un niño es cómo le ayudamos a desplegar lo que tiene dentro.